Es algo extralimitado querer verse bien en tiempos de desinterés general.
Cuando la guerra entre volar o arrastrarse por el suelo se debate silenciosa dentro de mis muelas.
Me sujeto a un sueño recurrente para no ser tragada por la Tierra o absorbida por los gases de la atmósfera.
Duermo pequeñas siestas, sentada en sillones de salas de espera o en los duros asientos plásticos del tren, para mantenerme atada a lo que aún late.
Así como un globo inflado de ideas calientes sujeto a un cordín de puro algodón sin color enrollado en la reja de una ventana.
En el sueño me enseñan lo que no quiero aprender cuando ello depende de mi:
la verdad que cambia y toda mi pasión se vuelve fanatismo
los cercos, que violentados, delimitan lo que nunca me perteneció
la responsabilidad mía frente al silencio e inacción que nada tienen de zen.
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La entrega de amor a extraños asesinos convierte a ellos en arbustos creciendo aceleradamente
dan frutos curativos en el jardín, son humedos y carnosos
como lo era cuando persona
nadie se sorprende
lo natural lo llevamos dentro.

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